Sábado, 13 de febrero de 2010


Preparados

Desde diversos estamentos tanto públicos como privados, gobierno, FMI, Unión Europea, Banco Mundial, confederaciones de empresarios, oposición al gobierno, y hasta la Unión Ciclista Internacional –ésta última no se sabe muy bien a cuento de qué– reclaman a los trabajadores españoles que hagan un esfuerzo y que en un ejercicio de responsabilidad solidaria con la crisis que a todos nos afecta, renuncien a determinados derechos para facilitar de este modo la reactivación económica que tan preocupados nos tiene y que sea el esfuerzo conjunto de toda la masa laboral, el que dé nuevos bríos a la maltrecha economía patria.

La solidaridad, entendida como el esfuerzo y adhesión circunstancial al esfuerzo ajeno, es una cosa muy loable, pero ha de circunscribirse en el ámbito de lo puntual y extraordinario. Entendemos que la renuncia a unos determinados privilegios puede allanar el camino para que el mundo empresarial se reactive y, abaratando costes, pueda ser el motor impulsor de la tan necesaria activación económica; vamos, lo que Zapatero y otros pazguatos han llamado brotes verdes.

Pero una cosa es la renuncia puntual a determinados derechos y otra bien distinta es la aplicación de leyes arbitrarias conducentes a la fijación de estos objetivos, mediante Real Decreto o baladronada de similar calibre leguleyo. Casi todo el mundo sin excepción ha reído la gracia al gobierno cuando mediante Real Decreto se ha rebajado el sueldo a los controladores aéreos. Ciertamente era cuestión sangrante que unos pocos tuviesen como rehenes de sus caprichos a toda una sociedad en períodos vacacionales para conseguir sus crematísticos propósitos, pero no es menos cierto que el intervencionismo de un gobierno llamado socialista cepillándose a golpe de R.D. el Convenio y la negociación de un colectivo de trabajadores asalariados, es algo que al menos a mí me pone la carne de gallina, por aquello de cuando las barbas de tu vecino veas pelar…

En esta crisis, parece ser que los únicos culpables son los trabajadores, pues es a ellos a los que se les exige la carga del sacrificio. Los bancos, sí, aquellos de las hipotecas NINJA, aquellos que te daban el ciento veinte del valor del piso para que ya puestos aparcases en el garaje un reluciente BMW, no han sufrido ningún tipo de sanción, ni en la entidad propia, ni en los directivos ni gerentes que con su mala gestión han hecho peligrar el sistema. Dirán que son empresas privadas que no han de rendir cuentas a la sociedad. Tendrían razón en el momento en que no hubiesen aceptado ningún tipo de ayudas económicas estatales. Pero no. Ufanos de su buen hacer han invertido esas ayudas en primar económicamente a los altos directivos: por el trabajo realizado.

Lo políticos, segundos responsables del momento crítico que vivimos, tampoco han de aguantar el embate del viento sobre sus velas, ya lo han anunciado, nada de suprimir cargos de confianza ni de apretarse el cinturón a la hora de frenar el gasto en altos cargos nacionales, autonómicos, provinciales y municipales. Como contrapartida congelarán el sueldo de los funcionarios. Vamos de los trabajadores públicos mileuristas. Y que se den con un canto en los dientes, que tiene trabajo.

Los empresarios, son la fuerza social que nutre de puestos de trabajo a la sociedad española –dicho en palabras del Presidente de la asociación de malechores que los une– motor de todo sistema económico se nos presentan como almas caritativas cuyo único empeño en la vida es la creación de empleo, con el altruista fin de dar de comer a eso pobres jornaleros para que sus vidas tengan algo de sentido… No vamos a decir lo obvio, o mejor sí, habrá que decirlo, los empresarios utilizan la fuerza laboral para su único interés el enriquecimiento personal a cualquier coste, y si encontrasen la manera de poder producir sus mercaderías o de ofrecer sus servicios sin la asistencia de la fuerza laboral, hace tiempo que ésta habría desaparecido, no nos engañemos, un empresario es un vampiro que ha abominado de la sangre ajena para solo chupar el sudor de la misma ­–aunque así dicho quede un poco escatológico–.

Y en último lugar de la cadena alimenticia están los trabajadores, que en los momentos de bonanza, cuando banqueros políticos y empresarios ganaban dinero a millones, se contentaba con el estipendio de un sueldo aumentado artificialmente a costa de horas extraordinarias y que ahora cuando su esfuerzo no es necesario, se ve abocado a engrosar la fila del INEM.

La sociedad española nunca ha tenido una fuerza laboral tan numerosa, tan bien formada, pero al tiempo tan borreguil y cenutria a la hora de luchar por sus derechos, han embadurnado la conciencia social de la masa con la falsa percepción de que son una clase media emergente, cuando en realidad siguen siendo lo que fueron siempre, carne de cañón en las batallas de guerras ya olvidadas y prescindibles peones en la partida de ajedrez que es la vida. Eso sí, cuando las vacas flacas engullen a las orondas como en el sueño que José interpretó para Faraón, se pide el esfuerzo a los de siempre,  a los pre-parados.

Borrego que sonriente acudes al matadero ¿de qué coño te quejas?

El Sicario

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