Lunes, 7 de diciembre de 2009


Mohamed, el de los santos cojones

El monarca alauí no se la coge con papel de fumar a la hora de miccionar, como siempre, encuentra un regio retrete donde asentar sus posaderas, herederas éstas de Alí yerno de su homónimo Mahoma, pues no nos engañemos Mohamed y Mahoma tal y como dijo González sobre Aznar y Anguita “los dos la misma…” y una vez asentado en el trono, tras el atronador sonido de sus gases evacuantes, como no podía ser de otro modo, el sucesor de Hassan nos obsequia uno de sus benditos truños.

El último mojón con que Mohamed nos regala, tiene forma de mujer, de apariencia débil, agostada antes de tiempo por las miserias y los sufrimientos, dicen quienes la conocen, que le ha hecho padecer el gobierno alauita con tortura y prisiones, por su oposición beligerante a que el territorio del Sahara sea parte integrante de la geografía política marroquí, pidiendo para el mismo, la autodeterminación.

El Sahara Occidental, repasando un poco la historia contemporánea, hasta el año 1975 era una colonia bajo dominio español, del mismo modo que parte del actual Marruecos era protectorado hispano que no alcanzó la independencia, junto a la parte francesa, hasta marzo de 1956. Los marroquines, desde ese momento, no pararon hasta conseguir, por unos u otros medios, ampliar sus fronteras a costa de territorios españoles, culminando con la invasión por la fuerza del Sahara Occidental, en la fecha citada anteriormente y con el general Franco agonizante en su lecho de muerte.

Ciertamente, las riquezas de las minas de fosfatos del territorio invadido, tenía muy poco que aportar a las arcas del estado español, pues como todo lo de valor en España, estaba en manos de empresas multinacionales que poco beneficio dejaban en el erario público patrio, aún así, el golpe de mano que por aquel entonces y de manera artera propició la “marcha verde” con la posterior huida del territorio por parte de los españoles, dejo de manera vergonzosa a merced del reino de Marruecos la antigua colonia española. Marruecos sigue reclamando la soberanía sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, y soto voce reclama el territorio andalusí –hay quien dice que desde Rosas a Compostela pasando por Ponferrada–. Y a poco que nos descuidemos, aprovecharán alguna nueva distracción para llevar a cabo sus planes invasores.

Aminatu Haidar, la débil mujer a la que antes hacíamos referencia, se ha convertido en la última daga envenenada que el hermano menor de nuestro bienamado Juan Carlos ha clavado en el quinto espacio intercostal de las relaciones bilaterales. La tal Haidar, en un ejercicio de libertad, ha abominado de la nacionalidad marroquí, renunciando de manera expresa a sentirse como tal. A su regreso tras recibir un reconocimiento por su defensa de los derechos humanos en la zona, en la ciudad de Nueva York, con escala en España todo hay que decirlo, no se le permitió el desembarco en el Aiún, tildando de traidora a quien repudia la nacionalidad soberana del heredero de Alí. Le retiran el pasaporte y ya de camino, por aquello de ejercer de funcionarios corruptos todas sus pertenencias, y la meten en el primer avión rumbo a Lanzarote, con lo que casi se cierra el círculo de la patata caliente –se hubiese cerrado completamente si desde Lanzarote las autoridades españolas la hubiesen remitido a Nueva York origen de su viaje– pero ya se va viendo, según el cariz que van tomando las cosas quien toma el papel de gilipollas en este enredo.

La activista saharaui, se pilla un rebote de tres pares de cojones, y dice esta boca es mía y para comer no la he de usar hasta que no vuelva a mi tierra. Y de este modo se inicia la carrera de despropósitos que hacen del caso un culebrón en el que asistimos como convidados de piedra, con lo que ciertamente, tenemos poco margen de maniobra para el juego de cintura.

Aminatu dice que no come. Mohamed dice que no pasa si no pide perdón con las orejas gachas. Desde el gobierno español se le ofrece la nacionalidad española, y la activista que ya ha renegado de la marroquí, desprecia también la española. Bardem, que si se calla explota, pide la intervención real, se ve que eso de cepillarse a la Pe Cruz ya no le da suficientes titulares y el oscar está muy lejano. El rey de España, que no se habla con los pobres, hace mutis por el foro, pero Zapatero sale al quite diciendo que estos no son asuntos que haya de intermediar la corona y que ya se solucionará, y mientras, degradándose la salud de la hambrienta, se sopesa la posibilidad de alimentarla a la fuerza y aquí nos encontramos.

En el código penal español, no aparece disposición alguna en el articulado que pene o castigue el suicidio, debido ello quizá a la dificultad para encontrar vivo y meter tras las rejas a aquellos que con éxito han superado tan difícil trance. Sin embargo, en el artículo ciento cuarenta y tres, castiga de manera expresa a quien induciere al mismo, con penas de cuatro a ocho años. En este caso, no sabemos ni podemos probar de forma inapelable que sea el monarca marroquín el inductor de la inapetencia por la vida de la huelguista del hambre, aunque podemos intuirlo, de todos modos, en un país abanderado de la libertad con dice ser España, convendremos en que es necesario respetar la decisión de la activista saharaui, aún en el caso de que podamos considerarla exagerada, y que si sus convicciones son conducentes a la muerte por inanición, tan solo debemos como buenos cristianos, procurarle que el tránsito a la otra vida, hasta reunirse con Alá, sea lo menos penoso posible. En ningún caso, repito en ninguno, utilizar la fuerza para alimentarla contra su voluntad, pues llegado este caso, aparte de conculcar derechos fundamentales de la huelguista, haríamos el caldo gordo a los vecinos del sur. Políticamente es mucho más sensato asistir a la moribunda hasta que se convierta en mártir, que ultrajarla en sus creencias fundamentales, ejerciendo nosotros el papel de tiranos alimentándola, cuando somos meros invitados a disgusto en este convite macabro.

Las únicas soluciones del problema las tienen por una parte el monarca alauí, dando su brazo a torcer y aceptando las requisitoria de la activista, pero esa posibilidad es más bien menguada y al absoluto monarca de todos los marroquís poco ha de importunarle la muerte de esa mujer, a no ser que su muerte la convierta en mártir de una causa justa y chispa que incendie una revolución que, a qué afirmarlo,  nunca se ha de producir. Por otra parte la huelguista, si comiere, lo que parece también difícil sin que se ofrezca algún cambio sustancial como contrapartida. Y el gobierno español en la cuerda floja, ejerciendo de funámbulo sin fronteras, o en este caso con fronteras cerradas a cal y canto y chilaba.

Aquí en España mientras, ejerceremos el papel que no toca en esta obra, el de gilipollas despreciados por ambas partes, y perdedores seguros sea cual sea el desenlace, vamos que moviendo el alambre desde los dos extremos la caída al vacío está asegurada.

Otra vez nos la han metido doblada… hasta sus santos cojones.

El Sicario

sicario@elsabado.es