Sábado, 13 de febrero de 2010


La cocina y los comensales

Aunque parezca una frivolidad con la que está cayendo, tratar un tema tan superficial como este, comprenderán que no sólo de crisis se alimenta el hombre y de vez en cuando hay que echarle algo de comer al buche.

Sin llegar al extremo de mi amigo Tato, que únicamente al separarse descubrió que su piso tenía cocina, yo tampoco me he prodigado mucho en este terreno desde mi época de estudiante. Famosas fueron entre mis conmilitones de piso las lentejas al bicarbonato y la vaporosa tortilla de quesitos. Ambas especialidades gozaron de merecido predicamento entre los ámbitos estudiantiles de mi zona, de tal forma que servían para mantener a raya a cualquier gorrón que osase ‘autoinvitarse’ a comer con nosotros.

Una vez demostradas mis escasas dotes de cocinero, pensé que lo más conveniente era pasar a ser comensal y ver si con el tiempo podría convertirme en un exquisito gastrónomo (españolismo por ‘gourmet’ o ‘gourmand’) o quedarme en la triste categoría de vulgar glotón. Siento decir que se impuso con toda claridad esta segunda opción, pero he de apuntar en mi descargo que corrían tiempos en que no había hecho su aparición la llamada ‘nueva cocina’ —‘nouvelle cuisine’ para los snob-- y sus deconstrucciones desestructuradas. Eran los tiempos de la fabada, del cocido y del par de huevos con chorizo, de la cocina regional noble y contundente, por lo que se podrá disculpar mi caída hacia el maravilloso mundo de la glotonería.

Estamos ante dos formas de entender la cocina en las que a veces se llega a bruscos enfrentamientos entre sus defensores y detractores (caso de Adriá y Santamaría). Discusiones entre señoritos de tres estrellas Michelín a no menos de 200 € el cubierto. Porque tanto en una como en otra debemos tentarnos la cartera antes de pasar a sus comedores. La nueva cocina—molecular, por supuesto--te atracará con emulsiones de solomillos de ostra y la clásica lo hará con los productos de la huerta de la tía Joaquina. Pero reconozco que mi debilidad son las recetas de la abuela. En cuanto en un restaurante me meten a la abuela del chef en la carta, salgo pitando como alma que lleva el diablo.

Sea el tipo de cocina que sea, nueva o clásica, hay que pagar el producto, el servicio y la comodidad, pero nunca la cursilería y el snobismo. Un sumiller o un maître que se precien sólo deben intervenir cuando el comensal lo indique y nunca ‘motu proprio’ (sepan que ‘de motu propio’ es incorrecto, gracias Wikipedia) ni agobiar al comensal con preguntas coercitivas tales como:

--¿Está buena la gelée de cocochas?, porque se arriesgan a que le contesten con cierta guasa:

--No está mal, pero prefiero las cocochas del bosque del tío Ramón.

Las cursilerías con los vinos merecen capítulo aparte, pero aquí tanta culpa tienen los sumilleres como los comensales.

Una de las profesiones más fascinantes es la de crítico gastronómico, comes en los mejores sitios y encima te pagan. Leer las crónicas de Néstor Luján o Xavier Domingo me hacían creer que degustaba los manjares que describían, que recorría los restaurantes que visitaban. Un vocabulario delicioso y concreto unido a una vasta cultura, hacían de sus reseñas gastronómicas pequeñas joyas literarias.  

Pero no podemos hablar de cocina sin hablar por fuerza de comensales que, independientemente de que sean muy comilones o no, clasificamos en agradecidos, sacrificados, escrupulosos y aspirantes.

Los primeros hacen las delicias del cocinero, sea profesional o casero. Los alimentos son deglutidos pasando directamente al estómago sin hacer trabajar a las papilas gustativas, por lo tanto no emiten queja alguna sobre la calidad de la comida porque no se enteran. Al final dicen que todo ha estado estupendo y tan panchos. Suelen identificarse porque se ponen la servilleta al cuello.

Los sacrificados hacen de tripas corazón ante auténticas bazofias y, aunque pueden diferenciar entre lo bueno y lo malo, tragan sin rechistar lo que les echen, bien por educación o porque están en casa de los suegros. Se les distingue por comer despacito y en trocitos muy pequeños.

Pero … ¡ay amigo! como te toque un escrupuloso a la mesa, procura que no te contagie. Pone cara de inapetente aunque se esté muriendo de hambre y se pasa la comida poniendo pegas a todo: que si la sopa está fría, que si la carne tiene grasa, que si el pescado tiene espinas. Se les descubre porque siempre dejan los platos a medio comer.

Dejo para el final al grupo de los aspirantes, también conocidos por los carpantas. Aspirantes a un plato de lo que sea, cuyo único objetivo al despertar cada día es llenar la andorga. Pobres comensales de casas de caridad, desgraciados comensales de contenedores de basura y miserables comensales de vertederos. Cuando un siglo de estos se haga justicia, ustedes y yo deberemos dejar nuestro puesto de comensales privilegiados para que sean otros los que disfruten del almuerzo pantagruélico que yo con su permiso me voy a atizar ahora mismo.

Pandemonium