Sábado, 16 de enero de 2010


Concienzudos y cachazudos

No es que sean palabras antónimas como yo pretendía, pero como riman y me vienen bien para el titular de este escrito, pues recurro a ellas y ustedes mismos distinguirán lo que quiero decir con una u otra.

Por suerte o por desgracia vivimos en un país en que cuesta trabajo terminar de hacer lo emprendido, bien sea por pereza, por descuido, por olvido e incluso a veces por suerte como es el caso de mi amigo López, que empezó a morirse de infarto (IAM para los amigos, je) y se quedó a medias. López puso todo de su parte—obesidad, tensión, colesterol, etc.— para completar el trabajo, pero la feliz intervención de su vecino Fernando —médico de pro— impidió que López acabara con la faena. El infarto tiene muy mala prensa y todo lo que se dice de él es malo, sin tener en cuenta que un infarto es hasta ahora el mejor remedio después de la muerte para dejar de fumar, y no las prohibiciones que nos imponen las distintas autoridades sanitarias.

En esto de las cosas a medio hacer, no sería justo mezclar unos casos con otros, pues no es lo mismo dejar colgada a la gente con una urbanización interrumpida por la crisis del ladrillo a que te sirvan un chuletón poco hecho. En ambas situaciones se han dejado las cosas a medio hacer, pero la diferencia es evidente: donde esté un buen chuletón que se quite un piso.

Si ponemos en un platillo de la balanza a los perfeccionistas amantes del trabajo bien hecho y en el otro a los chapuceros que hacen las cosas por salir del paso o por compromiso, no tengan duda hacia donde se inclinaría. Pero yo, qué quieren que les diga; quizás por mi recto sentido de la irresponsabilidad, mis simpatías están del lado de los cachazudos, me identifico más con los descuidados y los olvidadizos y hago causa común con los gandules.

El concienzudo termina su labor aunque sea ardua y desagradable, procura no dejar las cosas para otro día y acaba exasperando a los de su entorno por su perfeccionismo. Al ser exigente consigo mismo, también lo es con los demás, por lo que obliga a estos a llevar un ritmo al que no están acostumbrados. Trata de dejar las cosas atadas y bien atadas cuidando todos los detalles de su tarea, y si no te agobian directamente, su sola presencia te hace sentir agobiado. Además, si a su carácter riguroso le acompaña la peculiaridad de ser gilipollas, entonces estamos perdidos, porque no hay nada más insoportable que un necio concienzudo. Perfeccionar la estupidez no crean que es fácil, de ahí la diferencia que existe entre: ‘eres un idiota’ y ‘eres un perfecto idiota’. Porque idiotas, en mayor o menor medida, lo somos todos: concienzudos y cachazudos, pero perfectos idiotas es un ‘privilegio’ que sólo alcanzan los primeros.

En cambio el negligente dejará las cosas para más tarde, es un adicto al ‘mañana será otro día’ y un forofo del ‘donde dije digo, digo Diego’. Te hace sentir bien porque tú, por poco que hagas, siempre harás más que él. Su ley es la del mínimo esfuerzo, sin importarle el rendimiento. Su frase favorita es: ’para mejor ocasión’. Se ven venir desde niños con la carta a los Reyes Magos a medio terminar, y son capaces si les viene otro asunto a la cabeza de dejar un polvo a medias. Inician muchas cosas sin concluir las anteriores, llevan en danza varios proyectos sin profundizar en ninguno. Hacen de la desidia, filosofía de la vida. La galbana es su bandera y el despiste y el olvido su religión. A mí se me durmió un mecánico apretando un tornillo debajo del coche. Tardaba tanto en salir que me dije: ¡vaya un tío concienzudo! Creí que estaba ante el perfeccionista de la tuerca, pero quia, mi gozo en un pozo cuando de la zona del tubo de escape salió un profundo ronquido.

Pero el no va más lo ocupan aquellos que reunen en su persona la doble condición concienzuda-cachazuda. Hay auténticos perfeccionistas del error, virtuosos de la chapuza. Todo lo que hacen mal, lo hacen con exquisito rigor. Dejan las cosas a medio hacer en perfecto orden. Ya dejó dicho Quevedo que tenía el cochero que mejor se estrellaba del mundo, ellos y sus caballos siempre resultaban indemnes, incólumes.

Miren a su alrededor y comprueben lo que digo: amores eternos de un par de años, políticas rigurosas enfocadas sólo a la obtención de votos, trabajos livianos cobrados a precios de escándalo, televisiones impúdicas con manto venerable y tertulianos morbosos con etiqueta señorial.

En fin, puestos a elegir, me quedo antes con un cachazudo concienzudo que con un concienzudo cachazudo, que malamente traducido vendría a decir que es preferible un chapucero ‘diligente’ como Mr.Bean a un ‘dirigente’ chapucero como ZP.

Pandemonium