23 de diciembre de 2009


Aniversario por Navidad

Ya han pasado cuatro años desde que El Sicario me propuso en diciembre de 2005 escribir en esta revista. Con más o menos periodicidad, he intentado cumplir con mi compromiso adquirido. El mayor o menor acierto no ha sido cosa de las ganas, sino de la esquiva y fugaz inspiración.

Cuatro años intitulando los artículos con el pretencioso nombre de Ensayo, que me ha servido de coartada para tratar de desarrollar mis ideas sin mostrar el aparato erudito-porque no lo tengo-, según reza la segunda acepción del término en el diccionario de la Lengua. También he querido poner un punto de humor a casi todos mis escritos, más que nada por tratar de exponer esas ideas sin desnudarme del todo.

Muchas veces ha asomado en estos papeles el Perogrullo que llevo dentro, pero no me ha importado usar de él porque he comprobado el éxito que tienen los artículos de autores consagrados. Mientras los psicólogos perpetren libros y existan los manuales de autoestima, el resto de los mortales tendremos licencia para escribir las perogrulladas que nos vengan en gana sin rendir cuentas ni siquiera al lector. Y el que no me crea que lea a…

Pero en fin, estamos impregnados de Navidad y no es tiempo de meterse con nadie, ni tampoco con Zapatero a pesar de sus vientos. Vientos gélidos que presagian un ‘recambio climático’ con su correspondiente ‘enfriamiento global’. Vientos glaciales que hielan las tierras de España, tierras que ya no son de quien las trabaja como dijo Zapata, sino del viento como dijo Zapatero. Interesante duelo este de Zapata-Zapatero, el Barça-Madrid de la Revolución.

Pero volvamos a estas fechas que me entretengo con una mosca y cambio de tercio sin darme cuenta.

Con la crisis hemos pasado de comidas pantagruélicas a comidas compartidas y minimalistas tal como dicen los maîtres pedantes (qué ganas tenía de utilizar un acento circunflejo en honor de ZP). Yo, el otro día tuve que merendar entre una comida de compañeros de trabajo y una cena de amigos. En la comida compartida pusieron en el centro un chuletón troceado por cada cuatro comensales y como me tocó sentarme al lado del ‘rápido García’, aun estoy buscando la carne. Pero peor me fue en la cena minimalista, en la que sumando los cuatro platos no hacían ni uno normal. Lo que hicimos fue sortearlos y así mientras unos cenaban, los otros aplaudían.

Pues bien, levanto mi copa y brindo por el maître, por el ‘rápido García’ y por todos los amigos y compañeros que me acompañaron en las cenas.

Mientras escribo estas letras tengo la radio puesta con el sonsonete de la lotería repartiendo desilusión por todos los puntos de España, desilusión que a mí no me afecta porque me vende los décimos el tío más legal del mundo. Cuando le compro uno, se descojona y me dice que no espere que me toque. Sólo le falta llamarme pedazo primo.

Pues bien, levanto mi copa y brindo por el lotero sincero y por todos los desilusionados de España, afortunados incluidos.

Comidas y lotería forman parte del paisaje navideño, pero para paisaje deprimente el de las calles actuales, tristes y desangeladas con sus luces de bajo consumo, con sus colores mortecinos y sus escasas horas encendidas con la excusa de la crisis. Sólo en las céntricas calles se supone la Navidad, en las demás se intuye cuando en alguna ventana se ve escalando a un intruso y advenedizo Papá Noel.

Pues bien, levanto mi copa y brindo por ese Papá Noel de pega y por todas las calles donde se han apagado las luces antes de encenderlas.

Y de la familia, qué me dicen de la familia, esos cuñados tan monos, esos primos tan ajenos, esos sobrinitos tan repipis y ese abuelo palizón. Una familia comandada como siempre por el cordero y el marisco congelado, por el general azúcar y su majestad el colesterol.

Pues bien, levanto mi copa y brindo por toda la familia, cercana y lejana, por los presentes y los ausentes, por los vivos y los muertos, por el ácido úrico y el colesterol.

Y como el espíritu navideño me sale ya por todos los poros, no quiero olvidarme de la dirección y compañeros de la revista a los que agradezco el obsequio que en forma de magnífico jamón me hacen llegar con regularidad pasmosa por estas fechas. ¡Dios mío, lo que hay que hacer para que me lo manden el año que viene!

Y si levanto mi copa y brindo por todo lo anterior, cómo no voy a hacerlo por los lectores de esta revista que son su razón de ser.

A todos ellos, muchas gracias por su atención y desearles lo mejor para estas fiestas y para todo el año 2010.

Pandemonium