Sábado, 25 de octubre de 2008


Los falsificadores

En los trances en los que estamos – la quiebra definitiva del monetarismo - igual conviene recapitular. Tengo buenas razones para sospechar que la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos se halla más confundida y desanimada que si intentara seguir en televisión el argumento de la serie Perdidos. No les queda otra. Les toca asistir a la tertulia que tienen montada los economistas, políticos y periodistas varios que se pelean por el micrófono para explicar la crisis que no vieron venir, e incluso negaron. No saben que palo de la baraja pinta, pero cantan las 40 con total desparpajo.

Empezaré por la anécdota de un pequeño contencioso, años atrás, con un creador de mercado cuyo nombre no quiero recordar. Sin entrar en detalles triviales acerca del fraude, cuando finalmente conseguí ponerme en contacto con la CNMV, descubrí que el funcionario que atendía amablemente mi reclamación, ni tenía conocimientos para entrar en el fondo del asunto, ni se planteaba hacerlo. No me enojé, al contrario: no hay nada más tranquilizador en este mundo que descubrir que los Reyes Magos son los padres. El tan cacareado control del mercado de los derivados en España – y por extensión lógica, de los mercados a secas – era/es, en el mejor de los casos, una ficción, y en el peor, una falacia. Cosas que se dicen para meterle “sólo la puntita” al inversor. Casualidad maravillosa, el propio Alan Greenspan lo confesaba esta semana: “Quienes confiamos en el interés de las instituciones prestamistas en proteger el patrimonio del accionista -incluido yo- estamos atónitos y no podemos creer lo que han hecho”. Créaselo, Sr Greenspan: la criatura está ya de 9 meses, redonda como una cebolla.

La crisis actual y lo que ha ocurrido – el cómo, cuándo y porqué – hay que explicarlo de manera que al menos lo entienda un niño de 8 años (o en su defecto, una niña de 6). A los adultos, ni intentarlo: nunca podrán entender y asumir su propia condición ciudadana a plena luz. Con el tiempo, el simple interés deviene irremediablemente interés compuesto.

El mecanismo del monetarismo y todos sus avatares se puede reducir al siguiente esquema simplificado: la división del trabajo de la falsificación de la moneda. Un pequeño grupo de personas se dedica a fabricarla de todos los colores, otro grupo, igualmente minoritario, se dedica a blanquearla. Para ese menester, requieren la colaboración de un grupo más numeroso que la distribuya entre toda la población. Su cometido es sencillo: cambiar billetes falsos por billetes verdaderos, a cambio de una generosa comisión. (Aquí me interrumpen mis sobrinos): ¿Nadie se da cuenta del cambiazo? Algunos, claro, pero ahí intervenimos nosotros, los periodistas. Nos pagan los falsificadores y los blanqueadores para entretener y distraer a la gente. Les decimos que lo blanco es negro. Como cuando mamá dice que os comáis la coliflor, que está muy rica.

El monetarismo siempre se viene abajo por el mismo motivo: cada vez más gente se dedica al muy lucrativo negocio de falsificar moneda, y cada vez más gente a blanquearla. Es cierto, cada vez resulta más difícil pegarle el cambiazo a la gente, y cuesta más trabajo convencerles que la coliflor cocida huele bien, pero la codicia humana no tiene límites y es ciega como un topo. Llega siempre un momento decisivo en que resulta más barato interesar al crédulo en el negocio, para que se engañe solo, que intentar mantener el costoso engaño hasta el final. Y dicha estrategia presenta una indiscutible ventaja añadida: al socializar el desastre, se allana el terreno político para acometer la necesaria Tabula Rasa. Que todo cambie para que todo siga igual. ¿Acaso alguien es tan ingenuo como para pensar que naciones como EEUU, Reino Unido o Alemania van a renunciar a los privilegios de su liderazgo por una mera crisis financiera? Pero esta es otra historia: a nadie hay que chafarle el espectáculo contándole por adelantado el desenlace de la película.

Belge
Periodista y comentarista económico
Belge21@hotmail.com