|
Sábado, 27 de febrero de 2010 |
||
|
|
||
|
Los orígenes de la Reserva Federal. Parte VI |
||
|
Por primera vez Estados Unidos se enfrentó al problema de la plata del tercer mundo cuando arrebataron a España el control sobre Puerto Rico en 1898 y lo convirtió en su colonia. Afortunadamente para los imperialistas, Puerto Rico ya había madurado para la manipulación monetaria. Tan solo tres años antes, en 1895, España destruyó la divisa de plata mejicana, que circulaba en su colonia, y lo reemplazó con el devaluado “dólar” de plata que costaba solamente 41 centavos de la divisa estadounidense. El gobierno español se embolsó grandes beneficios señoriales de esta devaluación. Por tanto, para Estados Unidos era fácil sustituir el devaluado dólar de plata que costaba tan solo 45,6 centavos en oro. De este modo, la moneda de plata estadounidense reemplazó a la aún más devaluada, gracias al hecho de que los puertorriqueños aún no se habían acostumbrado a la moneda impuesta recientemente por los españoles. Así, no hubo ningún tipo de oposición al control monetario sobre el país ejercido por Estados Unidos. El problema principal consistía en el tipo de cambio que las autoridades americanas tendrían que fijar entre las dos monedas: el antiguo peso de plata de Puerto Rico y el dólar de plata americano. Debió ser un tipo de cambio que obligaría a los portorriqueños a cambiar su moneda por la moneda americana. El cargo del tesorero de la reforma monetaria por parte del gobierno americano lo ocupaba el prominente economista de Johns Hopkins, Jacob H. Hollander, quien había sido encargado de la revisión del sistema impositivo de Puerto Rico, y que pertenecía a la nueva raza de los economistas académicos que repudiaban el laissez-faire. Los más endeudados de Puerto Rico, mayoritariamente los grandes productores de azúcar, naturalmente querían pagar sus obligaciones en pesos al tipo más barato posible; se unieron para exigir el tipo de cambio a 50 centavos americanos. Por el contrario, los banqueros portorriqueños querían el tipo fijado en 75 centavos. Dada la variedad de opiniones, Hollander y otros representantes del gobierno americano tomaron una decisión salomónica: fijaron el tipo de cambio en 60 centavos. Filipinas, otra colonia española de la que se apropió Estados Unidos, tenía problemas mucho más serios. Como la mayoría de los países del oriente lejano, Filipinas disfrutaba de una sana moneda de plata, el dólar de plata mejicano. Pero Estados Unidos ansiaba una rápida reforma monetaria, debido a que su enorme ejército destinado a suprimir el nacionalismo filipino era excesivamente costoso en términos del dólar americano que, desde luego, también se declaró moneda de curso legal con la que se podían atender los pagos. Dado que el dólar de plata mejicano también era de curso legal y más barato que el dólar de oro estadounidense, el ejército americano de repente se encontró, con gran desagrado, con que se le pagaba en la barata moneda mejicana. La situación era muy delicada, y en 1901, el Gabinete de Asuntos Insulares del Departamento de Guerra, la agencia que gestionaba la ocupación americana de Filipinas, encomendó a Charles A. Conant resolver el tema. El Secretario de Guerra, Elihu Root, era un importante abogado de Wall Street que pertenecía al ámbito de Morgan y que, a veces, ejercía de testaferro personal de J.P. Morgan. Root se interesó personalmente en que Conant fuera enviado a Filipinas. Conant, que recientemente había participado en la Comisión Monetaria de Indianápolis y antes de llegar a Nueva York para ejercer el papel de de un gran banquero de inversión, era, como era de esperar, un ardiente imperialista pro patrón oro y un teórico proactivo del imperialismo económico. Comprendiendo que los ciudadanos filipinos tenían un gran aprecio a su moneda de plata, Conant divisó la manera de imponer el dólar de oro estadounidense en aquel país. Según su astuto y malicioso plan, los filipinos seguirían disfrutando de moneda de plata, pero sustituyendo el dólar mejicano con moneda de plata estadounidense ligada al oro a un tipo bastante devaluado, mucho más bajo que el precio de mercado de plata respecto al oro. Dentro de este devaluado sistema bimetalista, dado que la moneda de plata estaba deliberadamente sobrevalorada en referencia al oro por el gobierno americano, la ley de Gresham obtenía una mayor relevancia. La sobrevalorada plata seguiría circulando en Filipinas, mientras que el infravalorado oro dejaría de circular muy rápidamente. El enorme beneficio obtenido por el Tesoro por la devaluación se depositaría felizmente en un banco de Nueva York que ejercería el papel de “reserva” para la moneda de plata estadounidense en Filipinas. De este modo, los fondos de Nueva York se utilizarían para pagos fuera de Filipinas sustituyendo a las monedas o trueque. Es más, el gobierno americano podría emitir papel moneda con el respaldo de este nuevo fondo de reserva. Es importante subrayar que Conant ingenió este esquema de cambio oro como herramienta de explotación y control de las economías del tercer mundo basadas en la plata. Al mismo tiempo, Gran Bretaña introducía un sistema similar en sus colonias en Egipto, en Asia y especialmente en la India. Sin embargo, el Congreso, presionado por el lobby que apoyaba la plata, puso obstáculos al plan del Gabinete de Asuntos Insulares. Así que otra vez más el Gabinete tuvo que recurrir a las habilidades de relaciones públicas de Charles A. Conant. Conant pasó a la acción. Reuniéndose con los editores de las revistas financieras más importantes, obtuvo el compromiso de éstos de escribir editoriales apoyando su plan, muchos de las cuales fueron escritas por él mismo. Ya había obtenido respaldo de los bancos americanos de Manila. Los recalcitrantes banqueros americanos fueron alarmados por Conant diciendo que no esperasen más grandes depósitos provenientes del Departamento de Guerra si continuaban oponiéndose al plan. Sucesivamente, Conant ganó el apoyo de los mayores enemigos de su plan, las compañías mineras de plata americanas y los banqueros pro plata, prometiéndoles que si prosperase la reforma monetaria de Filipinas, el gobierno federal les compraría plata para acuñar la nueva moneda filipina. Finalmente, las promesas y el chantaje de Conant dieron su fruto. El Congreso aprobó el Bill de Divisa Filipina en marzo de 1903. No obstante, en Filipinas Estados Unidos no podía repetir la experiencia de Puerto Rico y forzar la conversión de la antigua moneda por una nueva. Debido a que el dólar mejicano no solamente era moneda dominante en el lejano oriente sino en gran parte del mundo, y una conversión forzada sería un proceso interminable. Pero Estados Unidos lo intentó; anuló los privilegios legales de la moneda mejicana y decretó que la nueva moneda estadounidense se utilizaría para el pago de los impuestos, salarios de los funcionarios del gobierno y otros pagos gubernamentales. Y lo que sucedió fue que los filipinos alegremente utilizaron la antigua moneda mejicana como dinero, mientras que las monedas de plata estadounidense desaparecieron de circulación destinadas al pago de los impuestos y transacciones con Estados Unidos. El Departamento de Guerra estaba desesperado: ¿cómo podía eliminar la moneda de plata mejicana en Filipinas? En su desesperación acudió al infatigable Conant, pero Conant no podía formar parte del gobierno colonial porque hacía poco fue nombrado miembro de una comisión presidencial mucho más aventurera cuyo propósito era presionar a Méjico y China para que adoptasen un patrón cambio oro similar. Hollander, después de su reciente triunfo en Puerto Rico, estaba enfermo. ¿Quién más quedaba? Conant, Hollander y varios banqueros confesaron que no tenían ningún candidato para recomendar en este trabajo, tan nueva era la profesión de experto técnico en imperialismo monetario. Pero aún quedaba algo de esperanza, otro imperialista financiero y pro cartelista, Jeremiah W. Jenks, compañero de Conant en la nueva Comisión de Divisas Internacionales (CIE). Jenks ya había ayudado a Conant visitando colonias inglesas y holandesas en el lejano oriente en 1901 recabando información que pudiera ayudar en la gestión de Filipinas. Finalmente, Jenks encontró al hombre que necesitaban, su ex alumno de Cornell, Edwin W. Kemmerer. El joven Kemmerer estuvo en Filipinas desde 1903 hasta 1906, implementando el plan de Conant. Con la base de las teorías de Jenks y Conant, y también de su propia experiencia en Filipinas, Kemmerer después se fue a dar clases en Cornell y luego en Princeton, en los años 20 ganó la fama del “doctor del dinero”, imponiendo, con una gran energía, el patrón cambio oro en todo el país y en el extranjero. Siguiendo los consejos de Conant, Kremmerer y sus compañeros finalmente diseñaron un esquema para eliminar el dinero mejicano. Se trataba de un plan basado en una fuerte coerción gubernamental. Estados Unidos impusieron la prohibición legal a la importación de las monedas mejicanas, seguida de severos impuestos sobre cualquier transacción privada en Filipinas durante la cual se utilice la divisa mejicana. Afortunadamente para los ideólogos de este plan, hubo una gran demanda de plata mejicana en el norte de China que absorbió la plata que existía en Filipinas o la que se hubiera introducido en las islas. El éxito de Estados Unidos también fue debido al hecho de que las nuevas monedas americanas, llamadas “conants”, tenían mucho mejor aspecto que los desgastados dólares mejicanos. En 1905, gracias a la fuerza, suerte y engaño, los conants (que valían 50 centavos del dólar americano) se convirtieron en la moneda dominante en Filipinas. Pronto, las autoridades estadounidenses se sentirían los suficientemente confiados en el éxito y emitirían también monedas de cobre y conants de papel. En 1903, los reformistas monetarios emprendieron una cruzada contra el dólar mejicano de plata en todo el mundo. En el mismo Méjico, los industrialistas que querían invertir en aquel país, presionaban a los mejicanos para abandonar la palta a favor del oro, teniendo como aliado al poderoso ministro de finanzas José Limantour. Pero combatir el peso de plata mejicano en su propia casa no era tarea fácil, dado que la moneda era conocida y se usaba en todo el mundo, particularmente en China, donde formaba la masa principal de divisa en circulación. Finalmente, después de largas reuniones a tres bandas, entre USA, Méjico y China, los mejicanos y los chinos se vieron forzados a enviar idénticas notas al Secretario de Estado americano, urgiendo a Estados Unidos a nombrar consejeros financieros que promulgaran una reforma monetaria y estabilizaran los tipos de cambio con los países que tenían el oro como principal divisa (Parrini y Sklar 1983, pp. 57377; Rosenberg 1985, p. 184). Estas peticiones sirvieron al Presidente Roosevelt, con la correspondiente aprobación del Congreso, como excusa para fundar, en marzo de 1903, la Comisión de Divisas Internacionales compuesta de tres miembros para acometer una reforma monetaria en Méjico, China y en el resto de los países que aún utilizaban la plata como divisa. El propósito era “desarrollar una estable relación entre el dinero de los países del patrón oro y los países cuyas economías se basan actualmente en la plata”, para crear “oportunidades de exportación e inversión” en los países con las divisas de oro y llevar el progreso económico a los países de plata. Los tres miembros de la CIE eran viejos amigos y compañeros. El presidente era Hugh H. Hanna, de la Comisión Monetaria de Indianápolis, y los otros dos eran su antiguo ayudante de la Comisión, Charles A. Conant y el Profesor Jeremiah W. Jenks. El teórico y el ideólogo de la nueva Comisión, como siempre, era Conant, quien comprendía que la mayor oposición al cambio de Méjico y China al patrón oro provendría de la industria mejicana de plata, y quien elaboró un esquema para involucrar a los países europeos en la compra de grandes cantidades de plata mejicana para facilitar este cambio. |
||