Sábado, 13 de febrero de 2010


Los orígenes de la Reserva Federal. Parte V

Parte I

Parte II

Parte III

Parte IV

El Profesor Edwin R.A. Seligman de la Universidad de Columbia, que pertenecía a una importante familia de banqueros, J. y W. Seligman y Company, se refirió a estos nuevos científicos sociales cuando, dirigiéndose a la Asociación Económica Americana en 1903, habló del “nuevo orden industrial”. Seligman profetizó que en el nuevo siglo XX, el conocimiento económico proveerá a los economistas con el gran poder de “controlar y moldear” las fuerzas del progreso. Conforme mejore la capacidad de los economistas de predecir el futuro, éstos serían “auténticos filósofos de la vida social” y la gente pagará “por saber sus opiniones”.

En su discurso de 1899, Arthur Twining Hadley de Yale también vio a los economistas como reyes filosóficos de la sociedad. La aplicación más importante del conocimiento económico, declaró Hadley, es convertirse en líderes sociales a la vez siendo consejeros en la política nacional. “Considero, opinaba Hadley,

que su mayor oportunidad en un futuro inmediato se encuentra no en el desarrollo teórico, sino en la práctica, no con los estudiantes sino con los políticos, no en la educación de los ciudadanos individuales, a pesar de que dicha labor es de agradecer, sino en el liderazgo del aparato gubernamental” (Silva and Slaughter 1984, p. 103).

Hadley consideraba la rama ejecutiva del gobierno como una gran oportunidad para reforzar la influencia de los consejeros económicos. Hasta ahora, los ejecutivos se veían obstaculizados en la búsqueda de este tipo de consejo de expertos por los partidos políticos, su influencia ideológica y su gran peso entre los votantes.

Pero a partir de ahora, afortunadamente, el movimiento reformista (que pronto se llamará Progresista) empezó a quitarle parte del poder a los partidos políticos poniéndolo en manos de administradores y expertos. “La creciente centralización del poder administrativo está dando una buena oportunidad a los expertos”.

Y ahora, dentro del panorama nacional, el nuevo salto de América hacia el imperialismo durante la guerra con España brindaba una oportunidad para la centralización, el poder ejecutivo y, por tanto, a la planificación administrativa. Incluso a pesar de que Hadley se declaró reticente al imperialismo, instó a los economistas a aprovecharse de esta oportunidad para acceder al poder (Silva and Slaughter 1984, pp. 120–21).

Los economistas profesionales organizados no tardaron en coger al toro por los cuernos. Rápidamente, los comités ejecutivos de la Asociación Económica Americana crearon un comité especial de cinco miembros con el fin de elaborar y publicitar la investigación sobre las finanzas coloniales. Como describen Silva Y Slaughter, este nuevo trabajo publicado sobre las finanzas permitió a la Asociación demostrar a la élite del poder cómo la nueva ciencia social puede servir a los intereses de aquellos que hicieron del imperialismo la política nacional, ofreciendo soluciones técnicas al inmediato problema fiscal de las colonias a la vez que proveyendo justificación ideológica para estas soluciones (Silva and Slaughter, p. 133).

El presidente del comité especial era el Profesor Jeremiah W. Jenks de Cornell, el consejero económico más importante del gobernador Teodoro Roosevelt. Uno de los miembros era el Profesor E.R.A. Seligman, otro consejero de Roosevelt. En el comité también estaba el Dr. Albert Shaw, el influyente editor del Review of Reviews, un reformista progresista y científico social, un antiguo amiguete de Roosevelt. Los tres eran líderes desde hace mucho tiempo de la Asociación Económica Americana.

Otros dos miembros del comité no provenían de la Asociación, y eran Edward R. Strobel, ex ayudante del secretario de estado y consejero de los gobiernos coloniales, y Charles S. Hamlin, un rico abogado de Boston y ayudante del secretario del Tesoro, quien pertenecía al ámbito de Morgan y cuya mujer era miembro de la familia de Pruyn, inversores en dos empresas de Morgan: el Ferrocarril de New York Central y la Mutua de Seguros de Vida de Nueva York.

La obra, que dieron a luz estos cinco miembros se titulaba Ensayos sobre las Finanzas Coloniales (Jenks y otros, 1900), trató de aconsejar a Estados Unidos de cómo mejor gestionar su nuevo imperio.

Primero, siguiendo la estela del gobierno británico cuando América era su colonia, las colonias han de soportar a su gobierno imperial mediante un sistema fiscal que sería controlada por el gobierno central americano. Segundo, el centro imperial ha de construir y mantener la infraestructura económica colonial: canales, ferrocarriles y la red de comunicaciones. Tercero, donde la labor de los nativos se tornase ineficiente o difícil de gestionar, el gobierno imperial ha de imponer servicios provenientes desde el centro imperial. Y finalmente, como describen Silva y Slaughter,

“la recomendación del comité acerca de la política fiscal instaba en la  necesidad de implementar servicios de economistas bien preparados. Deben ser éstos quienes elaboren un riguroso estudio de las condiciones locales para determinar un correcto sistema impositivo, quienes recopilen los datos, y creen un apropiado diseño administrativo y quizá, lo pongan en práctica. De este modo, el comité secundó las opiniones de Hadley, considerando el imperialismo como una oportunidad para los economistas, lo que permitió que ellos mismos ocupasen los puestos clave en el nuevo sistema” (Silva and Slaughter 1984, p. 135).

Una vez acabado el libro, la AEA puso manos a la obra buscando soporte financiero para su publicación y distribución. El caso es que no solamente no fue fácil encontrar la financiación, sino que el hecho de haberla obtenido significaba ganarse a la élite política en su intento de proporcionar el poder a los economistas como expertos tecnócratas y administradores del estado imperialista.

La Asociación Económica Americana encontró a cinco empresarios bastante ricos que costearon dos quintas partes de los gastos de la publicación de los Ensayos sobre las Finanzas Coloniales. Publicando este libro y aceptando la ayuda de patrocinadores corporativos, muchos de los cuales tenían participaciones en el nuevo imperio americano, la AEA estaba demostrando que el gremio de los economistas, primero, estaba a favor del nuevo imperio; y, segundo, estaba deseando jugar un papel importante en el proceso del desarrollo y la gestión del imperio, papel que muy pronto jugarían, como veremos en el siguiente capítulo.

Desde el punto de vista tanto del papel simbólico como práctico de los patrocinadores, la lista de los cinco empresarios que hicieron su donativo para que el libro sobre las finanzas coloniales viera la luz es bastante instructiva.

El primero fue Isaac N. Seligman, jefe del banco de inversión J y W Seligman y Compañía, empresa con extensos intereses extranjeros, especialmente en América Latina. El hermano de Isaac, E.R.A. Seligman era miembro del comité especial de las Finanzas Coloniales y autor de uno de los ensayos del libro.

Otro era William E. Dodge, socio de las minas de cobre de Phelps, Dodge y Compañía, miembro de una importante familia minera aliada de los Morgan.

El tercer patrocinador era Theodore Marburg, economista, presidente de la AEA en aquel momento, y también un ardiente abogado del imperialismo y heredero de la fortuna de American Tobacco Company.

El cuarto era Thomas Shearman, abogado del poderoso magnate ferroviario Jay Gould.

Y el último, aunque no por ello menos importante, fue Stuard Wood, dueño de varias fábricas que, además, era doctor en económicas y vicepresidente de la AEA.

Conant: Imperialismo monetario y el patrón oro

El salto de Estados Unidos hacia el imperialismo político a finales de 1890 fue acompañado del imperialismo económico, y uno de los puntos clave del imperialismo económico fue el imperialismo monetario. En pocas palabras, los países desarrollados occidentales en aquel momento regían por el patrón oro, mientras que la mayoría de los países del tercer mundo se basaban en el patrón plata. A lo largo de las últimas décadas, el valor de la plata en relación al oro estaba en continuo descenso, debido a:

1. un sustancial incremento de la oferta de la plata respecto al oro, y
2. la consecuente huida de la mayoría de los países occidentales de la plata hacia el oro, reduciendo de este modo, la demanda de la plata.

La caída del valor de la plata significaba depreciación monetaria y subida de la inflación en el tercer mundo, y pasar del patrón plata al patrón oro era una política razonable. Pero a los nuevos imperialistas entre los banqueros, economistas y políticos americanos lo que menos les interesaba era el bienestar de los países del tercer mundo, sino endilgarles su imperialismo monetario.

El centro imperialista y los países afines no solamente debían elaborar una política conjunta de acción, sino hacerlo de tal manera que las economías del tercer mundo piramidasen su propia inflación monetaria y crediticia sobre la inflación de Estados Unidos. De este modo, lo que los nuevos imperialistas hicieron fue presionar y coaccionar al tercer mundo para que adoptase no el patrón oro genuino sino un patrón recién concebido que era “patrón cambio oro”, es decir patrón dólar.

En vez de la divisa de plata fluctuando libremente en términos de oro, el tipo de cambio de oro y plata sería fijado por un sistema arbitrario gubernamental. Los países con dinero de plata lo tenían solo de nombre; las reservas monetarias de estos países debían ser no en plata sino en dólares redimibles en oro; y estas reservas debían mantenerse no dentro del país, sino en dólares depositados en Nueva York.

De esta manera, los bancos americanos inflaron su crédito, ya no había peligro de perder el oro en el extranjero, lo que hubiera pasado con el genuino patrón oro. Bajo el real patrón oro, ningún individuo ni ningún país estarían interesados en apilar dólares en bancos extranjeros. En vez de eso, convertirían rápidamente sus dólares en oro. Así que aunque los banqueros y los economistas americanos eran muy conscientes, después de muchas décadas de experiencia, de las falacias y los males del bimonetarismo, estaban deseando imponer una forma de bimonetarismo sobre los demás países con el fin de atarlos al imperialismo económico americano, y para presionarlos a inflar su propia oferta monetaria con el respaldo del dólar que, supuestamente pero no realmente, era redimible en oro.

Murray N. Rothbard

Ludwig von Mises Institute