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Sábado, 23 de enero de 2010 |
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Los orígenes de la Reserva Federal. Parte IV |
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Charles Conant fundó la teoría del superávit del capital en su Historia de la Banca Moderna (1896) y luego la desarrolló en múltiples artículos. La existencia del capital inmovilizado y la tecnología moderna, decía Conant, invalidaba la Ley de Say y el concepto de equilibrio, provocando un crónico exceso de ahorro, definido por el autor como ahorro canalizado por el exceso de una inversión rentable dentro de la coyuntura del mundo capitalista occidental. Los ciclos económicos, proclamaba Conant, eran inherentes a la actividad desregulada del capitalismo industrial moderno. De ahí la importancia de que el gobierno establezca monopolios y cárteles para estabilizar los mercados y eliminar la ciclicidad, y en particular, la necesidad del imperialismo económico de abrir nuevos canales de rentabilidad fuera de América y fuera de las demás potencias con superávit. La aventura americana de la guerra contra España en 1898 aumentó las energías de Conant y de los demás teóricos del imperialismo. Conant respondió con su llamamiento hacia el imperialismo en su artículo “Las Bases Económicas del Imperialismo” en septiembre de 1898 publicado en North American Review, y también en otros artículos recopilados en Estados Unidos en el Oriente: La Naturaleza del Problema Económico, publicado en 1900. S.J. Chapman (1901, p.78), un distinguido economista británico, resumió los argumentos de Conants de la siguiente manera: (1)”En todos los países desarrollados existió un exceso de ahorro de tal manera que ya no quedaba nada para la inversión en capital.” (2) Dado que no en todos los países se practica libertad comercial, “América debe estar preparada para usar la fuerza si es necesario” para abrirse nuevos mercados para la inversión fuera de sus fronteras, y (3) Estados Unidos tiene la ventaja en esta futura lucha, dado que su estructura comercial es “en forma de capital colectivo, lo cual le ayudará mucho en su guerra por la supremacía”. Habiendo ganado la guerra, Conant se sintió particularmente entusiasta acerca la pertenencia de las Filipinas a USA, una gran puerta hacia el mercado asiático. Estados Unidos, según su opinión, no debe ser presionado por “la abstracta teoría” y adoptar “conclusiones extremas” aplicando las doctrinas de los Padres Fundadores acerca de la propia opinión de los gobernados. Los Padres Fundadores, decía, seguramente opinaban que la capacidad de gobernarse a sí mismos solo la pueden ejercer los que la tienen, y los filipinos no la tienen. Después de todo, Conant escribió, “Solamente una mano firme y responsable puede llevar un progreso continuo a los países tropicales y subdesarrollados” (Healy 1970, pp. 20001). Conant, en su imparable entusiasmo imperialista, también divagó acerca del desarrollo interno. La sociedad americana, proclamó, debe transformarse en una nación lo más “eficiente” posible. La eficiencia para él significaba centralización del poder. “La concentración del poder en aras de hacer nuestra actuación más eficiente sería un factor esencial en la lucha por la supremacía mundial.” Particularmente, era muy importante para Estados Unidos aprender de la magnífica centralización del poder practicada por la Rusia zarista. El gobierno americano necesitaba “algo de armonía y simetría que asegurarían que el poder del estado se centrase en políticas bien definidas e inteligentes”. Era necesario cambiar la constitución americana para permitir el absolutismo zarista, o al menos permitir una enorme expansión del poder ejecutivo hacia fuera (Healy, pp. 20203). Un semanario de Boston, el US Investor, presentó un interesante estudio sobre el hecho de que la opinión empresarial se veía atraída poco a poco por la idea del imperialismo. Antes de entrar en guerra con España en 1898, el US Investor denunció la idea de la guerra como desastrosa para el desarrollo empresarial. Pero una vez comenzada la guerra, y una vez conquistada la Bahía de Manila por el comodoro Dewey, el Investor cambió de tono completamente. Ahora alababa las excelencias de la guerra para el negocio, calificándola como un buen método de combatir las recesiones. Pronto el Investor se convirtió en un feliz abogado del “imperialismo” para luchar por la permanente prosperidad americana. El imperialismo trajo unos beneficios maravillosos. Ahora el país disponía de un enorme ejército y la marina que sería útil para cambiar la tendencia de la democracia de disfrutar “de una libertad excesiva tanto de la acción como del pensamiento”. El Investor añadió que “la experiencia europea demuestra que el ejército y la marina son una herramienta perfecta para inculcar hábitos correctos de pensamiento y de comportamiento”. Pero el mayor beneficio de la política imperialista sería económico. Para mantener “el capital trabajando”, es primordialmente necesario “descubrir un mayor campo de aplicación para sus productos”. Especialmente, hace falta “un nuevo campo” para vender cada vez mayor cantidad de bienes producidos por los países desarrollados e invertir su ahorro a tasas rentables. El Investor declaró que este nuevo campo “está preparado para ser ocupado. Y se encuentra entre los países bárbaros y poco civilizados”, apuntando veladamente a China. Especialmente interesante era el coloquio entre el Investor y el Republican de Springfield, defensor de la antigua teoría de libre comercio y de laissez-faire. El Republican preguntó por qué el comercio con los países subdesarrollados se convierte necesariamente en subida de impuestos para los contribuyentes americanos que han que subsidiar los elevados gastos administrativos y militares. El Republican también atacó la nueva teoría del superávit del capital, argumentando que tan solo dos o tres años antes los empresarios clamaban por más inversiones europeas en sus propias empresas. En cuanto se le presentó la oportunidad, el Investor contraatacó con el argumento de “la experiencia de la nación de probablemente más de noventa siglos demuestra que las adquisiciones extranjeras siempre fueron una sólida política de prosperidad nacional”. Como ejemplo práctico, el Investor se deleitó con la descripción de las ventajas que el imperialismo daría a los empresarios americanos en forma de los contratos gubernamentales y del desarrollo gubernamental de lo que se llamaría “infraestructuras” de las colonias. Después, como en Gran Bretaña, la necesidad de un amplio servicio diplomático asentará bases “para la búsqueda y contratación de jóvenes hábiles y educados”. Contestando los ataques del Republican sobre la teoría del superávit de capital, el Investor al igual que Conant desarrolló la idea de una nueva era que llegaría a América: una época de grandes fabricas y, por tanto, de sobreproducción, una era de bajas tasas de retorno y la consecuente formación de oligopolios en pos de subir sus beneficios suprimiendo la competencia. Según el Investor, “El exceso de capital tuvo como resultado la eliminación de la competencia inefectiva. Parafraseando a Franklin, los propietarios del capital están seguros de que deben permanecer unidos para no ser ahorcados por separado”. Pero mientras el capital colectivo puede solventar problemas de ramas específicas de la industria, no resuelve el gran problema de “congestión general de capital”. De hecho, escribía el Investor, “encontrar aplicación para el capital es ahora uno de los más grandes problemas económicos a los que debemos enfrentarnos.” Para el Investor la solución es bien clara:
En la primavera de 1901, incluso el eminente teórico económico John Bates Clark, de la Universidad de Columbia, sucumbió a la nueva creencia. Repasando las obras proimperialistas de Conant, Brooks Adams y del reverendo Josiah Strong, en la edición especial del Political Science Quarterly de marzo de 1901, Clark enfatizó la importancia de la apertura de los mercados extranjeros y especialmente de la inversión del capital americano “buscando un beneficio aún mayor y más duradero” (Parrini and Sklar 1983, p. 565, n. 16). J.B Clark no era el único economista que se sumió a la apología del estado fuerte. Por aquella época, surgieron legiones de economistas y otros científicos sociales, muchos de ellos entrenados en las escuelas alemanas a aprender las virtudes de los métodos inductivos, del colectivismo y del intervencionismo estatal. Ansiosos de poder, estos nuevos científicos sociales, en nombre de todo un colectivo de economistas profesionales, declararon que ya estaban preparados para abandonar las viejas ideas de laissez-faire y convertirse en defensores y promulgadores de un nuevo estado basado en planificación centralizada. |
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