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Sábado, 5 de diciembre de 2009 |
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Los orígenes de la Reserva Federal. Parte III |
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El Acta de Patrón Oro de 1900 Cualquier reforma legislativa tenía que esperar hasta después de las elecciones de 1898, dado que las fuerzas pro patrón oro aún no estaban en el Congreso. En otoño, el comité ejecutivo de la Convención Monetaria de Indianápolis movilizó sus filas, llamando a nada menos que a 97.000 corresponsales de todo el país, a través de los cuales habían distribuido el informe preliminar. El comité ejecutivo urgió a su audiencia a elegir un congreso afín a la política del patrón oro; cuando las fuerzas pro oro vencieron a los partidarios de la plata, Hanna describió los resultados de las elecciones como altamente satisfactorios. Ahora el camino estaba despejado para que McKinley sometiera el decreto a votación, y el Congreso que se reunió en diciembre de 1899 rápidamente adoptó la medida; así nació el Acta del Patrón Oro en marzo de 1900. Los reformistas monetarios se hicieron con el poder. De todos es conocido que el Acta del Patrón Oro abogaba por un único patrón oro, el dinero de plata según el Acta no era oficial. Menos conocidas eran las cláusulas que abrían las puertas para una moneda más “elástica”. Como sugirió Lyman Gage en 1897, los bancos nacionales, originalmente situados solo en las grandes ciudades, ahora podían proliferar con poco capital en pequeñas ciudades y áreas rurales. Ahora era más fácil imprimir papel dinero para los bancos nacionales. El objetivo de estas cláusulas, como dijo un historiador, fue satisfacer una “elevada demanda de dinero en épocas de cosecha, y responder a las necesidades del pueblo de “más dinero” estableciendo una red de banca nacional en regiones subdesarrolladas” (Livingston 1986, p. 123). Los reformistas quizá sobrevaloraron el Acta del Patrón Oro, pero este documento fue un primer paso hacia una reforma fundamental bancaria. Así, el Profesor Frank W. Taussig de Harvard elogió el Acta, pero alzó la voz por la necesidad de una nueva alianza social e ideológica, debido a la “fuerte presión de la comunidad empresarial”. Especialmente llamó la atención sobre el hecho de que el Acta del Patrón Oro “trata a los bancos nacionales no como unas corporaciones perjudiciales y peligrosas sino como instituciones útiles que merecen un especial cuidado por parte de la legislatura”. Pero este cuidado especial y cariñoso no era suficiente; se necesitaba una reforma radical. Con lo cual, Taussig declaró que “los cambios en la legislación bancaria no son suficientes como para hacer posible cualquier expansión considerable del sistema nacional o conseguir su pleno rendimiento a la hora de prestar servicios a la comunidad”. En pocas palabras, los cambios permitieron una mayor expansión del crédito bancario y de la oferta monetaria. Sin embargo, Taussig (1990, p. 415) concluyó, “está claro que el Congreso va a tener que considerar una futura remodelación del sistema bancario”. En realidad, el Acta del Patrón Oro de 1900 fue tan solo un primer paso para el movimiento reformista. Tres amigos y periodistas financieros, dos de ellos de Chicago, jugarían un importante papel en el futuro desarrollo de esta reforma. Nacido en Massachusetts, Charles A. Conant (1861-1915), un prominente historiador bancario, escribió A History of Modern Banks of Issue en 1896, cuando aún era corresponsal en Washington del New York Journal of Commerce y editor del Bankers Magazine. Después de la época de ser relaciones públicas de la Convención de Indianápolis, Conant se mudó a Nueva York en 1902 y ocupó el puesto del tesorero de Morton Trust Company, afín a los intereses de Morgan. Los dos amigos desde Chicago, ambos también amigos de Lyman Gage, pertenecían, junto con Gage, al ámbito de Rockefeller: Frank A. Vanderlip fue contratado por Gage como asistente del secretario del tesoro, y cuando Gage abandonó su puesto, Vanderlip se fue a Nueva York como ejecutivo de un importante banco comercial de Rockefeller, el National City Bank de Nueva York. Mientras tanto, el amigo más cercano de Vanderlip y ex director del Chicago Tribune, Joseph French Johson, también se mudó al este para ocupar el puesto del profesor de finanzas en la Escuela Wharton de la Universidad de Pennsylvania. Pero en cuanto fue aprobada el Acta del Patrón Oro, Joseph Johnson puso manos a la obra reclamando más reformas. El profesor Johnson afirmó rotundamente que el existente sistema monetario era débil porque “no responde a las necesidades del mercado monetario”, es decir no proporciona suficiente cantidad de dinero. Dado que el sistema bancario nacional era incapaz de responder a estas necesidades, opinaba Johnson, no había razón para continuar con este sistema. Johnson calificó al sistema bancario americano como el peor del mundo, señalando las virtudes de los sistemas bancarios de Gran Bretaña y Francia. Pero en Estados Unidos no existía tal sistema bancario centralizado: “En Estados Unidos, sin embargo, no existe una única entidad, ni tampoco una agrupación de grandes entidades, en la que se unificase los intereses, responsabilidad y el poder para proteger el sistema monetario contra las crisis”. En otras palabras, aún había demasiada libertad y descentralización en el sistema. Como consecuencia, nuestro sistema crediticio “tiembla cada vez que las entidades tienen problemas”, es decir cada vez que sonaban las trompetas de la inflación, aumentaba la demanda de liquidez y de oro. Según la opinión de Johnson, el resultado de la rigidez de la moneda y de la imposibilidad de la cooperación interbancaria era el peligro de perder las reservas de oro en el extranjero justo en el momento cuando el oro era necesario para mantener la confianza en el sistema bancario nacional (Johnson 1900, pp. 497f). Después de 1900, la comunidad bancaria se dividió en cuanto a la cuestión de la reforma, los pequeños banqueros de las zonas rurales preferían mantener la situación actual. Los grandes banqueros estaban encabezados por A. Barton Hepburn del Chase National Bank de Morgan, quien activamente participó en la elaboración del decreto como líder de la comisión de la Asociación Americana de Banqueros, y quien lo presentó a finales de 1901 al Representante Charles N. Fowler de Nueva Jersey, presidente del Comité Nacional de Banca y Moneda, quien introdujo uno de los decretos que finalmente formaron base del Acta del Patrón Oro. La propuesta de Hepburn se conoció en abril de 1902 como el Decreto de Fowler (Kolko 1983, pp. 14950). El Decreto de Fowler contenía tres cláusulas. La primera permitía que una futura expansión de las notas bancarias nacionales se basase no solamente en bonos del gobierno. La segunda, la favorita de los grandes banqueros, permitiría a los bancos nacionales abrir sucursales en el territorio nacional y en el extranjero, un paso ilegal según las leyes actuales debido a una feroz oposición de los pequeños banqueros del país. Dado a que la apertura de sucursales respondía a los intereses del libre mercado y proveía el sistema con una sólida y efectiva competencia, los grandes banqueros tenían poco interés en establecer sucursales a menos que esta expansión estuviera acompañada por la centralización del sistema bancario. Y tercero, el Decreto de Fowler propuso crear un consejo, de tres miembros, dentro del Departamento del Tesoro, que supervisaría la emisión de las nuevas notas bancarias y que establecería una cámara de liquidación que estaría bajo su control. Esta propuesta fue diseñada para ser el primer paso hacia la creación de un poderoso banco central (Livingston 1986, pp. 15054). Aunque no pudiendo influir en la Asociación Americana de Banqueros, la multitud de pequeños banqueros de zonas rurales alzaron su voz en contra de la propuesta de los grandes banqueros de establecer sucursales y, bajo su presión, el Congreso no aprobó el Decreto de Fowler en 1902, a pesar de la agitación del comité ejecutivo y los miembros de la Convención Monetaria de Indianápolis. Una vez fallecido el Decreto de Fowler, los grandes banqueros decidieron optar por unos propósitos más modestos. El Senador Nelson W. Aldrich de Rhode Island, el perpetuo líder Republicano en el Senado y hombre de confianza de Rockefeller en el Congreso, al año siguiente sometería el Decreto de Aldrich a la votación que permitiría a los grandes bancos nacionales de Nueva York emitir “moneda de emergencia” respaldada por los bonos municipales y de ferrocarriles. Este decreto tampoco fue aprobado. Sufriendo la resistencia del Congreso, los grandes banqueros decidieron acometer una reorganización. Buscando una colaboración más elaborada, dos poderosos grupos de representantes, uno de Morgan y otro de Rockefeller, se reunieron con el Supervisor de la Moneda William B. Ridgely en enero de 1903, para intentar persuadirle de restringir el volumen de préstamos emitidos por los bancos rurales en el mercado monetario de Nueva York. Los dos hombres de Morgan, presentes en la reunión, fueron el mismo J. P. Morgan y George F. Baker, un amigo íntimo de Morgan y uno de los socios de su negocio bancario. Los representantes de Rockefeller eran Frank Vanderlip y James Stillman, presidente del consejo de National City Bank. La alianza de Rockefeller y Stillman fue sellada con los matrimonio de las dos hijas de Stillman con dos hijos de William Rockefeller, hermano de John D. Rockefeller, Sr., consejero honorario del National City Bank (Burch 1981, pp. 13435). La reunión con el controlador no dio sus frutos, pero, sin embargo, fue retomada por el mismo secretario del tesoro, Leslie Shaw, ex presidente de la segunda Convención Monetaria de Indianápolis, quien luego reemplazó a Lyman Gage por orden del Presidente Roosevelt. La inesperada y repentina sucesión de McKinley por Roosevelt en la presidencia significaba mucho más que una mera rebelión del personal; significaba pasar de la administración controlada por Rockefeller a la dominada por Morgan. Reemplazar a Gage por Shaw fue uno de los muchos cambios que acometió Morgan. Sin embargo, en cuestiones monetarias y bancarias los intereses de Morgan y de Rockefeller eran los mismos. El secretario Shaw intentó continuar y ampliar los experimentos de Gage de convertir al Tesoro en un banco central, particularmente haciendo hincapié en las adquisiciones en mercado abierto en recesiones, y utilizando los activos del Tesoro para respaldar la expansión monetaria de los bancos. Shaw violó los estatutos del Tesoro como entidad independiente que siempre había intentado igualar los gastos del gobierno a sus ingresos. Pero Shaw utilizó los fondos del Tesoro a favor de los grandes bancos nacionales. De hecho, incluso los reformistas bancarios denunciaron los depósitos de los fondos del Tesoro dado que esto llevó a los bajos tipos de interés y la expansión artificial del crédito. En el futuro, cualquier déficit del gobierno obviamente sumergiría a un sistema, dependiente del flujo de los ingresos gubernamentales, en un caos. Después de todo, los reformistas estaban de acuerdo con el veredicto del economista Alexander Purves que “la incertidumbre acerca del poder del Secretario de controlar los bancos mediante decisiones y ordenes arbitrarias, y el hecho de que en un futuro el país puede sufrir grandes problemas debido a la actuación del jefe del Tesoro, ha provocado grandes dudas” acerca de que si el Tesoro puede actuar como un banco central (Livingston 1986, 156; Burch 1981, pp. 16162). En su último informe anual de 1906, el Secretario Shaw insistió en que le dieran un poder absoluto para regular todos los bancos nacionales. Pero el juego se acabó, y para los reformistas estaba claro que las manipulaciones de Shaw, al igual que las de Gage, para establecer un banco central habían fallado. Llegó el momento de emprender una batalla para el cambio legislativo total de todo el sistema bancario americano para someterlo al control de un banco central. Charles A. Conant: Superávit e Imperialismo Económico Los años anteriores y posteriores a 1900 fueron el principio del establecimiento del Sistema de la Reserva Federal. Este período también fue el origen del sistema de tipos de cambio basado en el oro, un fatídico sistema impuesto al mundo por los británicos en los años 20 y por los americanos después de la Segunda Guerra Mundial en Bretton Woods. Incluso peor que el patrón oro dentro de un sistema centralizado, el patrón oro cambiario establecía un sistema, en nombre del oro, que en realidad era un sistema coordinado, internacional, inflacionario de creación de papel moneda. La idea era reemplazar el verdadero patrón oro, bajo el que cada país (o cada banco) debería mantener reservas de oro, por un pseudo patrón oro según el cual cada banco central de cada país ha de mantener sus reservas en alguna divisa base, sea libras esterlinas o sea dólares. De este modo, durante los años 20, la mayoría de los países tenía sus reservas en libras esterlinas, y solo Gran Bretaña podía cambiar las libras por el oro. Esto significaba que los demás países se regían más bien por el patrón libra que por el patrón oro, a pesar de que eran capaces, al menos temporalmente, de disfrutar de la confianza en el oro. También significaba que cuando Gran Bretaña inflaba la libra, no había peligro para estos países de perder sus “reservas” de oro, quienes, a su vez, felizmente inflaban sus propias monedas hasta el máximo permitido por la inflación de la libra. Así, fue generado un sistema general inestable e inflacionario, todo en el nombre del oro, en el que los países podían inflar sus divisas conforme Gran Bretaña inflaba la suya. El sistema estaba destinado al colapso, lo que pasó con el patrón oro cambiario durante la Gran Depresión y con el acuerdo de Bretton Woods a finales de los años 60. Adicionalmente, el hecho de ligar las divisas al dólar o a la libra esterlina significaba que el país base estaba capacitado de ejercer una forma de imperialismo económico a través del dinero común y la inflación fundamentada en el pseudo patrón oro sobre los países que utilizaban su moneda. A finales de 1890, los grupos de estudios teóricos de Estados Unidos estaban trabajando en lo que más tarde se llamaría la teoría “leninista” del imperialismo capitalista. La teoría fue originada no por Lenin, sino por los abogados del imperialismo centrados alrededor de amigos de Morgan y colaboradores de Teodoro Roosevelt tales como Henry Adams, Brooks Adams, el almirante Alfred T. Mahan y el senador de Massachusetts Henry Cabot Lodge. La idea era que el capitalismo en los países desarrollados “sobreproducía”, no simplemente significando que durante las recesiones era necesario más poder adquisitivo, sino en el sentido más profundo de que los beneficios, por tanto, estarían en una continua caída. Las tasas de beneficios cada vez más bajas del exceso de capitales amenazaba al capitalismo, y la salvación provenía desde los mercados exteriores y especialmente de la inversión extranjera. Los nuevos y expandidos mercados extranjeros aumentarían los beneficios, al menos temporalmente, mientras la inversión en países subdesarrollados estaba destinada a aportar beneficios aún mayores. Por tanto, para salvar el capitalismo, era necesario para los gobiernos occidentales emprender aventuras neoimperialistas que obligarían a otros países a abrir sus mercados a los productos americanos y abrirían las puertas a nuevas inversiones en el exterior. En esta doctrina -basada en teorías de Ricardo sobre que el beneficio es determinado por las inversiones en capital, y no por las preferencias temporales de la sociedad- poco había para Lenin para cambiar, excepto expresar su condena moral en vez de aprobación y enfatizar la naturaleza temporal del descanso que el imperialismo pueda proporcionar a los capitalistas. |
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Murray N. Rothbard |
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